Parque Florentino Ameghino

En Parque Patricios, sobre la avenida Caseros, se ubica el Parque Florentino Ameghino. Me dispongo a escribir sentado en un banco, observado por una estatua que funciona como recuerdo de quienes 'cayeron victimas del deber en la epidemia de la fiebre amarilla'. Este espacio donde jóvenes cruzan el cemento hablándole a sus celulares, donde una señorita pasea a su perro, donde algunas palomas se alimentan, este espacio donde la vida es, no siempre estuvo así, no de esta forma. 

Esta porción de tierra, mucho antes de que aquellos dos niños salten de un lado al otro, mientras una madre intenta sin éxito calmarlos, fue un cementerio. Se inauguró en 1867, luego de que el predio fuera adquirido por el entonces municipio de Buenos Aires. Y siguió funcionando por largos años como el cementerio publico del sud, hasta que fue clausurado en 1872, luego de recibir un numero impresionante de cuerpos a causa de la fiebre amarilla. 

Vuelvo a mirar el monumento, a la madre desbordada con dos chicos que lejos están de calmarse, a los jóvenes hablándole a su celular, a dos ancianos caminando de la mano. Pienso que la vida transcurre. Aunque nosotros quedemos enterrados en cementerios clausurados, la vida transcurre. No sé qué es la vida, no estoy ni cerca de descifrarlo - si esto fuera posible - lo que sé, es que sucede. 
Aquellos monumentos que nosotros mismos levantamos son nuestro presente, recuerdos de nuestro pasado, antorchas que pueden guiarnos hacia el mañana, o puede que no sean nada de esto: Depende de nosotros. ¿Qué nos diferencia de quienes esperan enterrados, si huimos de la tarea agotadora y maravillosa que es vivir?